Metamorfosis bendita


Amanecí y me di cuenta que los músculos de mis brazos se habían ido mientras yo dormía.

“Tal vez se levantaron al baño”, pensé.

No pude negar cierta nostalgia. Tenían las venas marcadas, un par de lesiones añejas e incontables miradas de mujeres lindas sobre la repisa de los trofeos.

Me quedé recostado sin saber qué hacer. Observaba mi piel que colgaba de mis huesos como el cogote de un pavo viejo. Y comencé a juguetear, pellizcando mis carnes y estirándolas hasta alcanzar mi tetilla. Incluso formé, sin mucho esfuerzo, una enorme alita de pollo cansado y malcomido.

Y al voltear hacia abajo noté que mis pechos también se habían ido, o por lo menos, que se me habían bajado hasta la barriga.

—Vaya noche —me lamenté—, y eso que sólo me tomé una cerveza.

Mi barriga dejaba verse sin pudor, y estaba dura como los pectorales con los que me había dormido. Su cima se alzaba sobre la cama, majestuosa como un volcán, en cuyo cráter descansaba mi ombligo.

Y entonces alcé la cobija, entrecerrando los ojos y presagiando lo peor.

—¡Lo que me faltaba! —maldije.

Pues por encima de la barriga alcancé a ver que mis piernas eran como dos ramitas secas. Y en los extremos estaban mis pies, que parecían dos raíces recién arrancadas.

Cerré los ojos para tratar de dormir. Tenía la esperanza de rebobinar la pesadilla.

Pero en eso escuché que jalaban la palanca.

Y contuve el aliento. Deseaba que fueran mis músculos que regresaban a mí, aliviados de haber orinado la borrachera.

Pero no.

La puerta del baño se abrió y el que salió silbando fue mi hijo.

Apenas ayer era un angelito jugando al fútbol, pero ahora ostentaba mis músculos, despreocupado, como si hubieran nacido con él; eran de su medida.

—Así que ahí están —suspiré al reconocer mis venas marcadas.

Me di cuenta que también llevaba mis hombros, mi parrilla en el abdomen y mis nalgas de subir metamorfosisescaleras. Y observé que, además, cargaba la mirada que se me había perdido y que anduve buscando por tantísimos años.

“Jamás se me hubiera ocurrido buscarla en el baño”, reflexioné.

Sus ojos eran de pirata inglés, iguales a los tontos que creen que se lo pueden todo. Y me miró y me sonrió como cuando se tiene paciencia con los niños pequeños.

Y entonces sentí que entre mis huesos y mis pellejos comenzaba a crecerme una gruesa capa de orgullo. Y entendí que, aquella mañana bendita, el nuevo hombre de la casa acababa de pasar frente a mí, obligándome, desde entonces, a quedarme sentado detrás de la barrera.

g j

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